Angeles
Mastretta. Mujeres de ojos grandes (Fragmento)
El
amante de la ría Teresa era un hombre de maneras suaves y ojos férreos.
Alternaba el uso de unas y de otros según lo necesitaba la situación.
Era
correcto como el mediodía o desatado como el mar en la noche. Tenía una
sonrisa blanca, cautivadora que casi nunca hacía juego con sus ojos. Los ojos
los ponía en otra parte, porque estaban pensando en otras cosas. Sólo de vez
en cuando se unían a la claridad de su gesto y entonces era irresistible.
Al menos
eso creía la tía Teresa, que fue juntando
con avaricia cada una de estas magníficas alianzas, cada atisbo de cercanía,
para después contemplarlos como grandes tesoros: el momento precario en que había
dicho su nombre con necesidad, la frase suelta que habló de un hijo mutuo, la
desesperación con que quiso tocarla una noche de lluvia, el ansia con que la
besó después de un viaje.
Cien noches
intentó descifrarlo. Parecía inasible. Quién sabe, a lo mejor alguna vez lo
tuvo completo y no se dio cuenta, bendito habría sido Dios si ella lo hubiera
sabido a los ochenta años, cuando deliraba buscando llaves y corbatas por toda
la casa.
Se veían
en un sitio escondido por donde entonces estaba el fin de la ciudad. La tía
Teresa Gaudín Lerdo era una de las cinco mujeres que tenían y manejaban un
coche en Puebla. Así que al cruzar el puente de la carretera a Cholula, dentro
de sí les pedía disculpas a las otras cuatro por estar arriesgando el buen
nombre de las cinco.