ALEJANDRO
MAURIÑO
Epístola breve
Te creí perdida y pensé: fue un momento, una
breve ilusión gris, una azulada visión matutina de amor, de murmullos
cercanos en el íntimo lecho.
Te pensé olvido, tristeza de lo lejano, tibiedad
y caricia malograda. Garra del amor inexistente ya por tu ausencia. Te pensé.
Soñé a cada momento con vos, con tu pasión
ingenua y purísima. Soñé durante la siesta, en la altísima noche, en el
reproche vano de haberte perdido. Adoré tu interior y escancié una copa.
Me vi, solo y duro del viento del sur, hacedor de
hielos y escarchas. Me vi a mi mismo, desde muy lejos, como si los ojos fueran
de vos, como si el constante adiós surgiera de tu congelado carma, de tu
memoria desdénica, de tu falta absoluta de rocío, de noche seca, de endrina
oscuridad.
Ledos fuimos alguna vez, de contramano. Cubos en
un mundo de esferas. Nieblas empujadas por el vendaval de días claros, ojos
sin cerebro, músculos inóseos, uñas sin dedos, hambres sin siquiera una
boca.
Amada de días. Siempre lembranza. Demente. Suave.
Tierna. Princesa.