LA NOCHE DE LOS GATOS EN “LOS CUADERNOS DE DON RIGOBERTO “ (Fragmento)
Fiel
a la cita, Lucrecia entró en las sombras hablando de gatos. Ella misma parecía
una hermosa gata de Angora bajo el rumoroso armiño que le llegaba a los pies y
disimulaba sus movimientos. ¿Estaba desnuda dentro de su envoltura plateada?
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Un
olor a almizcle bañaba la atmósfera y la música barroca, de bruscos
diapasones, venía del mismo rincón del que salió la dominante, seca voz:
--Desnúdate.
--Eso
sí que no, protestó doña Lucrecia.- ¿Yo ahí , con esos gatos?. Ni muerta,
los odio.
--¿Quería
que hicieras el amor con él en medio de los gatitos?......
--Imagínate,
murmuró ella, parándose un segundo y retomando su paseo circular- Quería
verme desnuda en medio de esos gatos. ¡Con el asco que les tengo!
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--¿Ya
estabas desnuda?, escuchándose, don Rigoberto comprendió que la ansiedad se
apoderaba de su cuerpo muy deprisa.
--Todavía.
Me desnudó él, como siempre. Para qué preguntas, sabes que es lo que más le
gusta.
--¿Y
a ti también?, la interrumpió dulzón.
Doña
Lucrecia se rió con una risita forzada.
--Siempre
es cómodo tener un valet, susurró inventándose un risueño recato- Aunque
esta vez era distinto.
--¿Por
los gatitos?
--Por
quien sino. Me tenían nerviosísima. Me hacía la pila de los nervios,
Rigoberto.
Sin
embargo, había obedecido la orden del amante oculto en el rincón. De pie a su
lado, dócil, curiosa y anhelante, esperaba sin olvidar un segundo el manojo de
felinos que, anidados, disforzados, revolviéndose y lamiéndose se exhibían en
el obsceno círculo amarillo que los aprisionaba en el centro de la colcha
llameante. Cuando sintió las dos manos en sus tobillos bajando hasta sus pies y
descalzándolos, sus pechos se tensaron como dos arcos. Los pezones se le
endurecieron. Meticuloso, el hombre le quitaba ahora las medias, besando sin
premura, con minucia, cada pedacito de piel descubierta..............
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Su
cuerpo había comenzado a distraerla de
los chillones de la cama, a vibrar, a concentrarla, a medida que el hombre la
liberaba de las últimas prendas y,
postrado a sus pies, seguía acariciándola. Ella lo dejaba hacer, tratando de
abandonarse en el placer que provocaba. Sus labios y manos dejaban llamas por
donde pasaban. Los gatitos estaban siempre allí....
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--Untarte
el cuerpo con miel de abejas del monte Imeto?- repitió Don Rigoberto
deletreando cada palabra.
--Para
que los gatitos me lamieran, date cuenta, con el asco que me dan esas cosas....
--Era
un gran sacrificio, lo hacías sólo porque...
--Porque
te amo—le cortó ella la palabra. Me amas también ¿no es cierto?
“Con
toda el alma”, pensó Don Rigoberto. Tenía los ojos cerrados, había
alcanzado por fin el estado de lucidez plena que buscaba. Podía orientarse sin
dificultad en ese laberinto de densas sombras,. Muy claramente con una pizca de
envidia percibía la destreza del hombre, que sin apurarse ni perder el control
de sus dedos, desembarazaba a Lucrecia del fustán, del sostén, del calzoncito,
mientras sus labios besaban con delicadeza su carne satinada, sintiendo la
granulación -¿por el frío, la incertidumbre, la aprensión, el asco o el
deseo?- que la enervaba y las cálidas vaharadas que, al conjuro de las
caricias, comparecían en esas formas presentidas,. Cuando sintió en la lengua,
los dientes y el paladar del amante la crespa mata de vellos y el aroma picante
de sus jugos le trepó al cerebro, empezó a temblar ¿había empezado a
untarla? Si. ¿con una pequeña brocha de pintor? no. ¿Con un paño?. No. ¿Con
sus propias manos?. Si..............
--¿Estabas
ya excitada, jadeó Don Rigoberto. ¿Estaba él desnudo? ¿Se echaba también
miel por el cuerpo?
--También,
también, también- salmodió Doña Lucrecia- Me untó, se untó, hizo que yo le
untara la espalda, donde su mano no llegaba, muy excitantes esos jueguecillos,
ni él es de palo ni a ti te gustaría que yo lo fuese ¿no?
--Claro
que no, confirmó Don Rigoberto. Amor mío.
--Nos
besamos, nos tocamos, nos acariciamos, por supuesto- precisó su esposa. Había
reanudado la caminata circular y los oídos de Don Rigoberto percibían el chas
chas del armiño a cada paso.
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--Abre
las piernas, amor mío. Pidió el hombre sin cara.
--Abrelas,
ábrelas- suplicó Don Rigoberto.
--Son
muy chiquitos, no muerden, no te harán nada, insistió el hombre.
--¿Ya
gozabas?, preguntó Don Rigoberto.
--No,
No, repuso Doña Lucrecia, que había reanudado el hipnotizante paseo. El rumor
del armiño resucitó sus sospechas ¿Estaría desnuda bajo el abrigo? Si, lo
estaba.
--Me
volvían loca las cosquillas.
Pero
había terminado por consentir y dos o tres felinos se precipitaron ansiosamente
a lamer el dorso oculto de sus muslos, las gotitas de miel que destallaban en
los sedosos, negros vellos del Monte de Venus. El coro de los lamidos pareció a
Don Rigoberto música celestial. Retornaba Pergolesi, ahora sin fuerza, con
dulzura, gimiendo despacito. El sólido cuerpo desuntado estaba quieto, en
profundo reposo, pero Doña Lucrecia no dormía, pues a los oídos de Don
Rigoberto llegaba el discreto
remoloneo que, sin que ella lo advirtiera, escapaba de sus profundidades.
--¿Se
te había pasado el asco?, inquirió.
--Claro
que no, repuso ella,. Y luego de una pausa, con humor. Pero ya no me importaba
tanto.
Se rió y esta vez con la risa abierta que reservaba para él en las noches de intimidad compartida, de fantasía sin bozal, que los hacía dichosos. Don Rigoberto la deseó con todas las bocas de su cuerpo.
--Quítate
el abrigo, imploró. Ven, ven a mis
brazos, reina, diosa mía.
Pero
lo distrajo el espectáculo que en ese preciso instante se había duplicado. El
hombre invisible ya no lo era. En silencio, su largo cuerpo aceitoso se infiltró
en la imagen. Estaba ahora allí él también. Tumbándose en la colcha rojiza
se anudaba a Doña Lucrecia. La chillería de los gatitos aplastados entre los
amantes, pugnando por escapar, desorbitados, fauces abiertas, lenguas colgantes,
hirió los tímpanos de Don Rigoberto. Aunque se tapó las orejas siguió oyéndola.
Y, pese a cerrar los ojos, vio al hombre encaramado sobre Doña Lucrecia o parecía
hundirse en esas robustas caderas blancas que lo recibían con regocijo. El la
besaba con la avidez que los gatitos la habían lamido y se movía sobre ella,
con ella aprisionado por sus brazos. Las manos de Doña Lucrecia oprimían su
espalda y sus piernas, alzadas caían sobre las de él y los altivos pies se
posaban sobre sus pantorrillas, el lugar que a Don Rigoberto enardecía. Suspiró
conteniendo a duras penas la necesidad de llorar que se abatía sobre él.
Alcanzó a ver que Doña Lucrecia se deslizaba hacia la puerta.
--¿Volverás
mañana? Preguntó ansioso.
--Y
pasado y traspasado, respondió la muda silueta que se perdía- ¿Acaso me he
ido?
Los gatitos recuperados de la sorpresa tornaban a la carga y daban cuentas de las últimas gotas de miel, indiferentes al batallar de la pareja