Isadora Duncan. De Mi Vida. Autobiografía.
Una noche de 1905 estaba yo
bailando en Berlín, y aunque tengo la costumbre de no mirar al público cuando
trabajo, porque el público me parece un gran dios que representa a la
humanidad, aquella noche me fijé en un espectador que estaba en la primera
fila. Y no es que yo lo observara
para informarme de quién era, sino que sentía la atracción física de su
presencia. Al terminar la representación, entró
en mi cuarto un hombre bellísimo y exaltado.
- Es usted
maravillosa, exclamó- es usted admirable. Pero ¿cómo me ha robado mis ideas?
¿de dónde ha sacado usted mi escenario?
-
Pero, ¿de qué está usted hablando? – le contesté.
Estas cortinas azules son mías, y muy mías. Las inventé cuando tenía
cinco años, y siempre he bailado con ellas.
-
No, son mis decorados y mis ideas. Pero usted es el ser que yo he
imaginado para ellos. Es usted es la realización viviente de todos mis sueños.
Y
entonces salieron de su boca estas hermosas palabras:
-
Yo soy el hijo de Ellen Terry.
¡Ellen
Terry, mi más perfecto ideal de mujer! ¡Ellen Terry...!
-
¿Porqué no viene usted a casa a comer con nosotras? – propuso
repentinamente mi madre?. Ya que tiene usted tanto interés por el arte de
Isadora, venga con nosotras.
Y
Craig cenó en casa.
Estaba en un estado de salvaje excitación. Quería explayar todas su ideas sobre su arte, todas sus ambiciones...
A mi me interesaba mucho su charla.
Uno a uno, mi madre y los otros comensales se despidieron con distintas excusas y nos dejaron solos. Craig no cesaba de hablar del arte del teatro y afianzaba sus frases con expresiva gesticulación.
Inopinadamente, en medio de su discurso exclamó:
-
Pero ¿qué hace usted aquí?. Usted, que es una gran artista ¿cómo
puede vivir en medio de esta familia? ¡Es absurdo!
-
Yo soy el hombre que la ha inventado. Usted pertenece a mi escenario.
Craig era alto y mimbreño. Tenía una cara que recordaba la cara maravillosa de su madre, aunque todavía más delicada de rasgos. A pesar de su talla, había en él algo femenino, especialmente en la boca, que era muy fina y delicada. Los bucles de oro de los retratos de su infancia –ese niño de cabellera dorada, ese niño de Ellen Terry, tan familiar a los auditorios londinenses- eran ya un poco más oscuros. Sus ojos, muy miopes, brillaban con un brillo metálico, detrás de las gafas. Daban una impresión de delicadeza, una impresión de debilidad casi femenina. Unicamente sus manos, con los dedos alargados hacia la punta y con unos pulgares cuadrados y simiescos, indicaban fortaleza. Solía decir riendo que sus pulgares eran de asesino “precisamente, para estrangularte, querida mía”.
Como una hipnotizada le dejé que me pusiera mi capa sobre la pequeña túnica blanca. Tomó mi mano y fuimos escaleras abajo. Llamó a un taxi, y en el mejor alemán, me dijo: “Meine Fray und mich, wir wollen nach Potsdam gehen” (Mi mujer y yo queremos ir a Postdam)
Varios taxis se negaron a llevarnos, pero por último encontramos uno que nos llevó a Postdam, donde recalamos a la hora del alba. Nos paramos en un péqueño hotel, que acababa de abrir sus puertas, y tomamos una taza de café. Luego, cuando había salido por completo el sol, regresamos a Berlín.
Llegamos a Berlín a eso de las nueve de la noche. ¡Qué hacemos” No podíamos ir a la casa de mi madre y decidimos ir a la de una amiga que se llamaba Elsie de Brugaire. Elsie era bohemia de nacionalidad. Nos recibió con tierna simpatía. Nos dio un liviano desayuno, huevos revueltos y café. Me ofreció su cama para dormir y no me despertó hasta muy tarde.
Craig me llevó luego a su estudio, en el último piso de un alto edificio berlinés, sobre cuyo suelo negro y encerado había muchas rosas artificiales desparramadas.
Lo contemplé ante mi, espléndido de juventud, de belleza y de genio; me inflamé de un súbito amor y me arrojé a sus brazos con todo el amor magnético de un temperamento que había dormido dos años y que quería estallar. Me encontré con la respuesta de otro temperamento digno del mío. Encontré en él la carne de mi carne y la sangre de mi sangre. “¡Oh, eres mi hermana!” solía decirme, y yo sentía como si nuestro amor tuviera algo de incestuoso.
No sé cómo recuerdan las otras mujeres a sus amantes. Creo que lo correcto es no hablar de su cabeza, de sus hombros, de sus manos, limitarse a describir sus trajes, pero yo lo veo siempre como aquella primera noche, en su estudio, en que su cuerpo blanco, delicado, y luminosos surgió de la crisálida de sus vestidos y brilló en todo su esplendor ante mis ojos sorprendidos.
Así debió ser Endymión cuando por primera vez apareció a la mirada de Diana, con su figura blanca y esbelta; así Jacinto o Narciso, y el luminoso y bravo Perseo. Más parecía un angel de Blake que un joven mortal. Apenas mis ojos atónitos contemplaron su belleza me abalancé a él desvanecida. Como la llama en la llama nos quemarnos en el mismo fuego. Al fin había encontrado a mi igual, a mi amor, a mi otro yo: no éramos dos, sino uno, ese único ser maravilloso del que habla Platón en su Fedro, dos mitades de la misma alma.
No era un hombre joven que hacía el amor a una muchacha. Era la fusión de dos almas gemelas. La leve envoltura de la carne se hizo tan transparente con el éxtasis que la pasión terrena se convirtió en un divino abrazo de llamas blancas y ardientes.
No deberíamos sobrevivir a placeres tan complejos y perfectos. ¡Ah! ¿porqué mi alma inflamada no huyó aquella noche, porqué no voló como el ángel de Blake, a través de las nubes, hacia otra esfera? Su amor era joven fresco y fuerte. No tenía ni los nervios ni la naturaleza de un voluptuoso, sino que prefería volver e empezar antes de saciarse.
En su estudio no había divanes, ni sillas cómodas ni alimentos. Dormimos toda la noche en el suelo. El no tenía ni un centavo y yo no me atrevía a ir a casa a buscar dinero. Dos semanas estuve durmiendo allí. Cuando queríamos comer, había traer comida a crédito y yo me escondía en el balcón para que no me viera el camarero. Luego nos repartíamos alegremente la comida. Mi pobre madre estaba entretanto recorriendo todos los puestos s de policía y todas las embajadas y decía que un vil seductor había arrebatado a su hija. Mi empresario estaba indignado, había tenido que despedir a un público muy numeroso que acudió a verme en una función anunciada y no efectuada. Nadie sabía lo que había pasado, pero en los periódicos apareció una grave amigdalitis.