.....tenía
quince años y muchas ganas de que me pasaran cosas. Por eso acepté cuando Andrés
me propuso que fuera con él unos días
a Tecolutla. Yo no conocía el mar, él me contó que se ponía negro en las
noches y transparente al mediodía. Quise ir a verlo. Nada más dejé un recado
diciendo: “Queridos papás, no se preocupen, fui a conocer el mar”.
En
realidad fui a pegarme la espantada de mi vida. Yo había visto caballos y toros
irse sobre yeguas y vacas, pero el
pito parado de un señor era otra cosa. Me dejé tocar sin meter las manos, sin
abrir la boca, tiesa como muñeca de cartón, hasta que Andrés me preguntó de
qué tenía miedo.
--De
nada, dije.
--Entonces
¿porqué me ves así?
--Es
que no estoy muy segura de que eso me quepa, le contesté.
--Pero
cómo no, muchacha, nomás póngase flojita- dijo y me dio una nalgada-. Ya ve cómo
está tiesa. Así claro que no se puede. Pero aflójese. Nadie se la va a comer
si usted no quiere.
Volvió
a tocarme por todas partes como si hubiera acabado la prisa. Me gustó.
--Ya
ve como no muerdo -dijo hablándome de usted como si fuera una diosa-. Fíjese,
ya está mojada –comentó con el mismo tono de voz con que mi madre usaba para
hablar complacida de sus guisos. Luego se metió, se movió, resopló y gritó
como si yo no estuviera abajo, otra vez tiesa, bien tiesa.
--No
sientes ¿porqué no sientes? – preguntó después.
--Sí
siento, pero el final no lo entendí.
--Pues
e final es lo que importa –dijo hablando con el cielo - ¡Ay estas viejas! ¿Cuándo
aprenderán?
Y
se quedó dormido.
Yo
me pasé toda la noche despierta, como encendida.
Anduve caminando. Por las piernas me corría un líquido, lo toqué. No
era mío, él me lo había echado. Al amanecer me fui a dormir con mis
cavilaciones. Cuando él me sintió entrar en la cama nomás estiró un brazo y
me lo puso encima. Despertamos con los cuerpos trenzados.
--¿Porqué
no me enseñas?- le dije.
.--¡A
qué?
--Pues
a sentir.
--Eso
no se enseña, se aprende-contestó.
Entonces
me propuse aprender. Por lo pronto me dediqué a estar flojita.......