El AMANTE (fragmento 2). Marguerite Durás

 

...Nos miramos, besa mi cuerpo, me pregunta porqué he venido. Digo que debía hacerlo, que era como una obligación. Es la primera vez que hablamos...

Descubro que le deseo.

Me dice: has venido porque tengo dinero. Digo que le deseo así, con su dinero, que cuando le vi ya estaba en ese coche, en ese dinero, y que no puedo saber qué hubiera hecho si hubiese sido de otra manera. Dice: me gustaría llevarte conmigo, que nos marcháramos. Digo que todavía no podría dejar a mi madre sin morirme de pena. Dice que decididamente no ha tenido suerte conmigo, pero que al menos me dará dinero, que no tengo porqué preocuparme. Se ha tendido otra vez, nos callamos de nuevo.

El ruido de la ciudad es intenso, en el recuerdo es el sonido de una película  pero demasiado alto, que ensordece. Los recuerdo perfectamente, en la habitación hay poca luz, no se habla, está envuelta por el estrépito continuo de la ciudad, embarcada en la ciudad en el tren de la ciudad. En las ventanas no hay cristales, hay cortinillas y persianas........

Afuera el día toca a su fin...la cama está separada de la ciudad por esas persianas de rendija, esa cortinilla de algodón. Ningún material duro nos separa de la gente. Los demás ignoran nuestra existencia....Los olores de caramelo llegan a nuestra habitación, el de cacahuetes tostados, el de sopa china, de carnes asadas, de hierbas, de jazmín, de ceniza, de incienzo, de fuego de leña, el fuego se transporta aquí en cestos, se vende  en las calles, el aroma de la ciudad es el de los pueblos del campo, de la selva.

 

De repente le vi en una bata negra. Estaba sentado, bebía un whisky, fumaba.

Me dijo que me había dormido, que se había duchado. Apenas sentí la llegada del sueño, encendió una lámpara en una mesa baja.

Es un hombre que tiene hábitos, pienso de repente respecto de él, debe venir relativamente a menudo a esta habitación, es un hombre que debe hacer mucho el amor, es un hombre que tiene miedo, debe hacer mucho el amor para luchar contra el miedo. Le digo que me gusta la idea de que tenga a muchas mujeres, de que yo esté entre esas mujeres, confundida. Nos miramos, comprende lo que acabo de decir. La mirada alterada de repente, falsa, sorprendida  en el mal, la muerte.

Le digo que se acerque, que tiene que empezar otra vez. Se acerca. Huele bien el cigarrillo inglés, su piel ha adquirido a la fuerza   el olor de la seda, el afrutado del tusor de seda, el del oro, es deseable. Le hablo de ese deseo de él. Me dice que espere. Me habla, dice que enseguida supo, ya desde la travesía del barco, que yo sería así después de mi primer amante, que amaría el amor, dice que ya sabía que le engañaría y que también engañaría a todos los hombres con los que estaría. Dice que, en lo que a él respecta, ha sido el instrumento de su propia desdicha. Me siento feliz con todo lo que me vaticina y se lo digo. Se vuelve brutal, su sentimiento es desesperado, se arroja encima de mi, come los pechos infantiles, grita, insulta, cierro los ojos a un placer intenso, pienso: lo tiene por costumbre, eso es lo que hace en la vida, el amor, sólo eso. Las manos son expertas, maravillosas, perfectas. He tenido mucha suerte, es evidente    , es como un oficio que tiene, sin saberlo tiene el saber exacto de lo que hay que hacer, de lo que hay que decir. Me trata de puta, de cochina, me dice que soy su único amor, y eso es lo que debe decir. Y eso es lo que se dice cuando se deja hacer lo que se dice, cuando se deja hacer al cuerpo y buscar y encontrar y tomar lo que él quiere, y todo es bueno, no hay desperdicios, los desperdicios  se recubren, todo es arrastrado por el torrente,   por la fuerza del deseo.