VICISITUDES DEL DESEO SEXUAL. Lic. Virginia Martínez Verdier

El deseo sexual es el motor que nos impulsa a buscar situaciones sexuales que nos den placer y satisfacción. Su aparición suele estar circunscripta a determinadas circunstancias decodificadas como eróticas para cada persona.

No todos deseamos lo mismo, pero sí todos tenemos la capacidad de desear. Recordemos que los estímulos eróticos son recibidos por nuestros sentidos -gusto, tacto, olfato, oído, vista- acorde a nuestra personalidad, nuestra historia, nuestro mapa erótico personal.

Cuestiones biológicas y culturales determinan que los varones alcancen su nivel máximo de deseo durante la adolescencia, en cambio, las mujeres lo logran alrededor de los 40 años. Sabemos que el reloj biológico que pone en marcha la pubertad impone el instinto sobre la razón y el deseo es casi irreprimible. En cambio, el poder de las pautas culturales de lo que se espera de una mujer, logra que, hasta que ésta se sienta segura y firme en su aprendizaje de ser sexual, no logre expresar su deseo sexual plenamente.

Luego de sus picos máximos, en ambos sexos, el deseo va declinando muy paulatina y lentamente a lo largo de la vida, y -en situaciones normales- sólo debería desaparecer con la muerte. Su lenta declinación se relaciona con el paso de los años biológicos y las diversas experiencias vitales, pero la capacidad de sentir, de dar y recibir placer no se termina nunca.

El deseo sexual inhibido o hipoactivo se observa en aquellas personas que no muestran interés por las cuestiones sexuales, con escasas fantasías, con una actividad sexual muy espaciada y realizada "por deber".

Cuando el deseo no aparece, la "chispa" no se enciende o lo hace con dificultad. Aunque la excitación y el orgasmo son posibles aún sin deseo, cuando éste no existió previamente, la calidad del encuentro y la vivencia de satisfacción disminuye.

Para establecer el grado de trastorno sexual y el tipo de tratamiento que requiere, es necesario discriminar:

- si es primario (desde siempre) o secundario (sucede en algún momento de la vida); -permanente o transitorio;

En los casos primarios, permanentes y generalizados el pronóstico es más difícil y requerir  un tratamiento más complejo.

 

Sus causas pueden ser de origen orgánico, psicológico, relacional, o una combinación personal de todos los factores.

Cuando el origen es orgánico, generalmente se relaciona con la disminución de la testosterona (hormona del deseo), con determinadas enfermedades (tumores, diabetes, infecciones crónicas, trastornos neurológicos, etc.), y con la ingestión de algunos medicamentos (antihipertensivos, antidepresivos, hipnóticos, ansiolíticos, antipsicóticos, etc.). Un médico avezado puede indicar medicaciones que contrarresten los efectos secundarios de aquéllos o disminuir su dosis.

En relación al origen psicológico, una persona puede tener un deseo sexual inhibido desde siempre, y esto puede no perturbarla, salvo que surja como conflicto por incompatibilidad sexual con su pareja.

El deseo puede desaparecer en determinados momentos de la vida. Las crisis vitales (casamiento, divorcio, nacimiento de los hijos, climaterio, jubilación, muerte de un familiar, etc.) y las crisis accidentales (mudanzas, pérdida del trabajo, etc.) suelen interrumpir el fluir del apetito sexual. A medida que estas crisis van resolviéndose, el deseo reaparece.

El estrés es un enemigo feroz de la sexualidad. Así mismo, los conflictos emocionales, la depresión, las perturbaciones de la personalidad, los traumas sexuales (violación, abuso), una educación antisexual, el apego a los padres, el miedo al compromiso y a la intimidad, también influyen negativamente en la capacidad de desear.

Las causas relacionales son muy comunes en la desaparición del deseo. Las crisis de pareja, la incomunicación, las luchas por el poder son eficaces refrigerantes. El descuido físico personal o de la pareja, las situaciones de maltrato, las experiencias desagradables repetidas (falta de orgasmo, eyaculación precoz, dolor, etc.) inhiben nuestras ganas de estar en intimidad sexual.

Muchas veces, la vivencia de agonía de la sexualidad y de la capacidad de sentir placer en general, empuja a las personas a la búsqueda de reencontrarse con el deseo sexual. Cuando lo logran suelen tener la sensación de volver a conectarse con la vida.