Sexualmente
embarazados. Lic. Virginia Martínez Verdier
Mencionar
"sexualmente embarazados" puede resultar redundante, y así lo es
desde la lógica de la biología y desde la función reproductiva de la
sexualidad.
Sin embargo, desde la cotidianeidad de la cultura esas dos palabras no
siempre van unidas. Es más, para algunas personas, tanto varones como mujeres,
ser “madre” implica
otros valores -hasta opuestos- a la sexualidad.
Puede suceder que esas personas sientan que existen dos categorías de
mujeres: “las madres” y “las
otras”. Y sólo esas “otras” pueden ejercer su sexualidad con placer. Para
ellas las madres son asexuales.
Aún personas evolucionadas suelen
encontrarse internamente con este prejuicio que no lo tienen conciente. Se les
hace evidente cuando se embarazan y nacen sus hijos. Disminuyen su deseo sexual,
temen dañar al bebé en la panza, se olvidan de sí mismas y de su intimidad y,
lentamente, van alejándose y
convertiéndose de pareja conyugal en pareja parental casi con exclusividad.
La sexualidad cumple con dos funciones básicas en los seres humanos: la
reproductiva y la placentera. Aunque independientes entre sí, para muchos,
acorde a su proyecto de vida, el pleno y libre desarrollo de ambas funciones es
necesario para su crecimiento y equilibrio personal.
El período reproductivo incluye
tres momentos, antes, durante y después del embarazo, totalizando alrededor de
dos años. ¿Cómo se expresa la sexualidad de la pareja durante todo este
tiempo? Los invito a recorrerlo.
Obviamente,
sabemos que el embarazo no llega solo, es necesario ejercer la sexualidad
genital para lograrlo. Pero en ciertas situaciones, el embarazo llega sin
haberlo planificado, por lo menos concientemente. Cuando el embarazo es
accidental, la
sexualidad previa de la pareja es la habitual. Producido el embarazo
inesperado pueden producirse sentimientos opuestos que van desde el rechazo
hasta la aceptación con alegría. Cualquiera fuera el estado de ánimo,
los acompañará con sus
particulares consecuencias en la intimidad sexual de la pareja.
Si
el embarazo es planificado, y si la pareja tiene una relación armónica,
llevando una vida sexual satisfactoria que persigue el fin de completarse en la
formación de una familia, la búsqueda del embarazo es sumamente grata para
ambos. Al placer de la búsqueda se agrega la libertad de disfrutar de la
sexualidad sin temor al embarazo.
En
cambio, si la búsqueda de un embarazo tiene otros fines como la unión de la
pareja o la retención de uno de sus miembros, la sexualidad de este período
puede ser vivenciada tanto placenteramente como con ansiedad y exigencia por
cumplir con el fin -conciente o
inconcientemente- propuesto.
Cuando una pareja que desea un embarazo, luego de determinado tiempo no
lo logra, la alegría de la búsqueda comienza a convertirse en un angustioso
laberinto. Ante la decisión de asistir la fertilidad, la intervención médica
de ambos miembros para "embarazarlos", suele alterar la sexualidad de
la pareja. Los encuentros sexuales pasan a ser obligados, mecanizados, donde el
deseo sexual desaparece tras el
deseo del hijo.
En
estos casos la sexualidad placentera sucumbe a la sexualidad reproductiva, la
cual pasa a ser predominante, con las concomitancias del conflicto y el
displacer. En general, la sexualidad -de por sí modificada durante el período
reproductivo- en estos casos se deteriora de tal modo que se hace más difícil
que la pareja pueda recuperar una vida sexual satisfactoria posterior al
desarrollo de esta etapa.
En
esta nota me refiero
fundamentalmente a la expresión de la sexualidad en los embarazos llegados a
parejas armónicas. En cambio, cuando el embarazo no es deseado o la pareja
lucha permanentemente entre sí, la sexualidad ocupa otros lugares, no los del
placer. En esos casos se hace
necesario considerar las particularidades.
Desde
el punto de vista emocional, diversos
sentimientos y actitudes de reacomodación a la nueva situación, pueden
producir en la mujer -y también en su pareja- necesidad o rechazo de la
intimidad sexual.
La
retracción de los primeros meses, las fantasías de daño al bebé, los miedos,
la disociación entre mujer madre y mujer sexual, la vivencia personal de
belleza o fealdad ante los cambios corporales van determinando un estilo
particular de relación de la pareja
Diversas investigaciones realizadas en nuestro país y en el mundo,
demostraron que las mujeres embarazadas suelen disminuir su deseo sexual en el
primer trimestre, lo aumentan en el segundo y disminuye paulatinamente en el
tercero. Estos resultados tienen una explicación basada fundamentalmente en la
aceptación de los cambios en el esquema corporal y en la relación afectiva con
el bebé.
En el primer trimestre, el desajuste metabólico que produce
malestares digestivos, hipotensivos y del sueño, entre otros, así como la
incertidumbre acerca del verdadero estado desencadenan conductas de aislamiento
y retracción. La energía sexual es puesta sobre sí misma y el deseo sexual
suele disminuir.
En el segundo trimestre, cuando la mujer comienza a estabilizarse
orgánica y anímicamente, el deseo recobra su frecuencia habitual, o aún mayor
considerando los cambios fisiológicos del embarazo, que benefician la excitación.
Teniendo en cuenta que la excitación se manifiesta como la llegada de sangre a
los genitales, la marcada vasocongestión mamaria y pelviana disparada por el
embarazo, puede producir sensaciones dolorosas o intensamente placenteras, ya
que la mujer se encuentra en un estado de excitación fisiológica. En ese
sentido se han descripto casos de mujeres que alcanzaron el orgasmo por primera
vez durante su embarazo.
Durante
el orgasmo, el útero puede presentar contracciones sin efectos dañinos sobre
el bebé, sin embargo, el desconcierto
y el temor de dañarlo suele disminuir el deseo sexual de la pareja.
En
el tercer trimestre se produce una actitud ambivalente entre la certeza
de que el embarazo no corre riesgos, lo cual permite a la mujer desenvolverse
con mayor naturalidad e incrementando su deseo, y la cercanía del parto que, al
aumentar la ansiedad puede disminuir el interés sexual.
Cada
embarazo en una misma mujer cursa de manera totalmente distinta. La llegada del
primer hijo influye notoriamente en la vida sexual. El pasaje de pareja a
familia implica sentimientos mucho más intensos que el agrandamiento de la
familia. Por otro lado, la mujer multípara ya sabe de qué se trata el embarazo
y muchas de sus ansiedades se expresan con menor intensidad. Los hijos ya
nacidos reclaman la atención de su madre, por lo cual, la retracción tiende a
compensarse con las exigencias del afuera.
Aunque
la mayoría de las investigaciones apuntan al estudio de la mujer embarazada, es
importante considerar los sentimientos y actitudes del varón ante el
estado de su pareja. Algunos hombres sienten rechazo por miedo a dañar
o por considerar a los
cambios como deformaciones. Así mismo el mito de mujer-madre versus
mujer-sexual, aún se encuentra arraigado en algunos hombres, lo cual les impide
acercarse íntimamente. También la sensación de tercero excluído puede
recrear otras historias de exclusión o abandono que le inhiban
el acercamiento.
Algunos
hombres disminuyen su deseo y otros buscan relaciones paralelas no sólo como
descarga biológica sino
fundamentalmente como manera de canalizar las ansiedades que les despierta la
nueva situación.
La
actitud opuesta a la anterior, se observa en los hombres que se erotizan con la
imagen de su mujer embarazada, y los sentimientos de ternura y pasión se
integran en una intimidad equilibrada.
La
cercanía del parto estremece a la pareja, y es así que muchas
comadronas recomendaban el mantener relaciones coitales para acelerar el parto
beneficiosamente. Más allá de la relaxina, sustancia
habitual en el semen, que ayuda relajar
el cuello del útero, nuevamente las ansiedades tienen en el encuentro sexual,
una buena vía de escape. No sólo por la descarga instintiva sino por la
gratificación profunda del encuentro amoroso.
Ante el gran cambio que implica conformar una familia y la movilización emocional que significa, es imprescindible para la salud afectiva y vincular de todos sus miembros que la pareja no deje de serlo. Mantener sus espacios de intimidad y de placer compartidos es fundamental.
Aunque costoso, es posible desempeñar diferentes roles, especialmente si nos brindan satisfacción: sólo es cuestión de permitírselo