Sexualmente adultos - Virginia Martínez Verdier

Somos mujeres y hombres -profesionales, trabajadores, padres, pareja, hijos, ciudadanos- y somos sexuales. Este planteo no es original, pero ¿hasta dónde somos concientes de la influencia cotidiana de la sexualidad sobre nosotros? 
Somos adultos, y aunque hace ya muchos años que sabemos que a los chicos no los trae la cigüeña, ¿qué aprendimos de sexualidad desde entonces?
Hombres y mujeres afrontamos y vivimos nuestra sexualidad y nuestras relaciones sexuales desde posiciones muy distintas. Fuimos educados a relacionarnos con nuestros cuerpos de manera diferente. Por lo que, en el terreno sexual, entre hombres y mujeres se produce un intercambio desigual.
Bajo la permanente influencia de la cultura cada sexo vive y siente su sexualidad de maneras particulares pero previsibles.
Para ambos sexos, la sexualidad puede cumplir con diversas necesidades además de la búsqueda de placer: puede ser un juego, un deporte, una lucha por el poder dentro de la pareja, un sedante o un antidepresivo.
Existen personas que se sienten incómodas con su propio cuerpo y con sus necesidades sexuales, se inhiben y distancian del encuentro.
Algunas mujeres se preocupan por servir al varón sin tener en claro cuál es su propio deseo.
Otras no confían en que su pareja pueda satisfacerlas y se resignan a que "así son las cosas".
Otras mujeres, que se fueron abriendo camino entre los tabúes y los mitos sexuales, buscan acceder a su pleno goce sexual colocándose al lado del hombre.
Otras negocian con el sexo como si fuera una mercadería, en búsqueda de seguridad, refugio, amor y protección económica.
A la vez, los hombres no suelen ser concientes de la ignorancia acerca de su propio cuerpo, de sus necesidades, sentimientos y puntos débiles, así como tampoco de las especificidades de la sexualidad femenina. 
Generalmente, los varones a través del encuentro sexual buscan la afirmación de su identidad, la confirmación de su masculinidad y de su potencia. 
Algunos se esfuerzan por ser un buen técnico sexual, centrándose fundamentalmente en su rendimiento personal, no en los sentimientos movilizados.
Otros suponen que está todo bien sin intercambiar ideas o sentimientos con su pareja.
Algunos otros están tan pendientes de satisfacer a su pareja que no se fijan en su propio placer.
Salud sexual, al igual que salud en general, implica no sólo ausencia de enfermedad sino pleno desarrollo y goce.
La sexualidad nos acompaña desde el nacimiento y pocas veces es interrogada, aprovechada, descubierta, enriquecida. Para poder desarrollarla plenamente los adultos también necesitamos educarnos sexualmente.
Conocernos, comunicarnos, entrar en contacto, reafirmar o modificar nuestra identidad, saber compartir, saber pedir, ser creativos, alimentar nuestras fantasías, sensibilizar y conocer cada parte de nuestro cuerpo y del cuerpo de nuestra pareja nos enriquece.
Los seres humanos necesitamos aprender a administrar la imaginación, la comunicación, la intimidad y el amor. Siendo concientes de nuestras necesidades iniciamos el camino hacia la recuperación satisfactoria de nosotros mismos y de nuestros vínculos con los demás.