Hablame,
rompé el silencio.
Por Sandra Russo - Página/12
La palabra suele hacer
despegar las relaciones
sexuales y llevarlas a otro nivel, más complejo y más rico. Pero
implica una intimidad que va mucho más allá del contacto de dos cuerpos.
"Es más fácil tocarse que hablar", dice la sexóloga Virginia
Martínez Verdier.
Posturas, terminaciones nerviosas, encastre afortunado de dos cuerpos. Irrigación,
juego preliminar, caricias. Zonas
erógenas, estimulación con dedos o con lengua, tanteo. Media
luz, aceites esenciales, velas, perfumes. Raso, encaje, látex, gasa. He
aquí, una tras otra, desordenadas, antojadizas, las piezas del rompecabezas
que, con mayor o menor éxito, con mayor o menor placer, arman hombres y mujeres
(bueno, también los géneros se prestan al puzzle) en sus
juegos sexuales. Pero incluso si se cambia de
postura, si se dedica el tiempo necesario, si se estimula lo debidamente
estimulable y si el ambiente es propicio, muchos de ellos y ellas se detendrán
ante esa otra Gran Pieza que es capaz de refinar notablemente un encuentro: el
lenguaje. El habla erótica sigue siendo un desafío. Esa palabra
casi autónoma, esa palabra descontrolada, requiere intimidad y confianza.
Pero más que en el otro, en uno mismo. "Es mucho más fácil el contacto
entre dos cuerpos que el contacto entre dos mentes", dice la sexóloga Virginia
Martínez Verdier. "Porque uno con el cuerpo puede
despersonalizarse, puede estar pero no estar, puede dejarlo ahí mientras lleva
sus fantasías a otra parte, puede tener satisfacción mientras está con una
persona, pero piensa que es otra. El compañero sexual no es dueño de tus
pensamientos y la palabra lo que hace es dar cuenta de esos pensamientos".
No se trata, claro, como asegura Martínez Verdier, de decir cosas tales
como "te amo" o "sos el hombre o la mujer de mi vida". Se
trata de palabras un poco más animales, de palabras impronunciables y acaso
hasta asquerosas fuera de ese fuera de sí. "Hablar es esos momentos
es escucharse decir cosas que parecen no salir de la mente, o por lo menos de la
parte de la propia mente que uno conoce. Son palabras que van del instinto a la
boca. Entonces tanto hombres como mujeres pueden sentir que, si hablan, algo más
que el cuerpo se sale de control. Pueden sentirse comprometiéndose
afectivamente, por ejemplo, o diciendo algo que querían mantener a resguardo de
lo que el otro sabe de ellos. No saben cómo será tomado eso que dicen, y
eso que dicen generalmente está ligado a fantasías de las que tal vez esa
pareja nunca haya hablado. Incluso puede estar ligado a fantasías que uno
nunca se ha confesado a sí mismo", dice Martínez Verdier. El
habla erótica, eso que se dice o se murmura o se grita antes o durante el clímax,
está estrechamente vinculado, dice la sexóloga, a la intimidad que hombres y
mujeres han sabido ganarse entre sí en otros ámbitos, con un tipo de
comunicación que les permita confiarse mutuamente y sin temor qué cosas los
calientan. Pero fundamentalmente, está vinculada al autoconocimiento y a
la noción de que uno tiene derecho a su propia sexualidad, tal y como es, y sin
afanes correctivos. "Poder hablar tiene que ver con libertad interior
y va mucho más allá de lo que le gusta al otro o lo que el otro acepta.
Yo digo lo que digo cuando estoy caliente porque así me caliento más yo, y es
de suponer que el otro recibirá bien mi propia calentura. En las parejas
en las que esto funciona, el círculo se retroalimenta y no importa si en el
habla aparecen terceros, o fantasías de prostitución, o lo que sea. Ese
momento es un juego y lo que aparece ahí, salvo que haya una voluntad expresa
de sacarlo del territorio de las fantasías,
es puro juego", explica Verdier quien, por su experiencia clínica,
sabe que en gran parte de las parejas reina el más completo silencio.
"Ella tiene miedo de cómo tomará él lo que ella diga; él tiene miedo de
provocarla con palabras porque no sabe si ella se ofenderá, han encontrado con
suerte una posición en la que los dos llegan al orgasmo
y tienen una sexualidad mecánica, de satisfacción casi
biológica. Cuando vienen a la consulta -y los que vienen a la consulta
son una minoría que al menos tiene voluntad de mejorar su vida sexual-, vienen
porque hay anorgasmia
o impotencia.
Pero cuando se empieza a indagar por sus relaciones, uno encuentra que no hay
rastros de erotismo.
Que no hay ideas, no hay climas, no hay juego. El orgasmo o la erección
puede volver con algunos ejercicios, pero sin erotismo; la sexualidad de esa
pareja seguirá siendo pobre".
¿Es la palabra una herramienta para refinar relaciones sexuales, para hacerlas
más extravagantes, más divertidas, más sexies? Sí, lo es. Y la
palabra también es una manera de que no sea solamente el cuerpo el que produzca
su descarga, sino también la mente. Es una herramienta para exorcizar
fantasmas, para develar secretos propios y para conocerse. Sobre todo, la
palabra es un timbre para que ese encuentro sea un recreo en la vida cotidiana,
para que por un rato aparezcan en uno esos otros seres que también somos, nos
gusten o no, aunque no sean presentables en público. La palabra erótica
es justamente aquella que sella con el filo de su provocación la parte más
privada de nuestra vida privada.